Cada 4 de marzo, internacionalmente se conmemora el Día Mundial de la Obesidad, jornada que busca concienciar e impulsar la acción colectiva para abordar, comprender, prevenir y tratar esta enfermedad integralmente. Más que una fecha simbólica, es un llamado a conocer la magnitud de un problema que tiene impactos en la salud, así como en el entorno social, ambiental y económico.

La Organización Mundial de la Salud define la obesidad como una enfermedad crónica caracterizada por un exceso de grasa corporal que aumenta el riesgo de enfermedades no transmisibles como diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, hipertensión y ciertos tipos de cáncer. Datos del 2022 indicaban que 2.500 millones de adultos de 18 años o más tenían sobrepeso, de los cuales 890 millones eran obesos. En otras palabras, el 43% de los adultos tenían sobrepeso y un 16% obesidad en todo el mundo.
Ante una enfermedad que actualmente se reconoce como pandemia global, es importante saber que su origen es multifactorial, en donde confluyen los factores genéticos, ambientales y psicosociales. En este sentido investigaciones más recientes utilizan el termino de “ambientes obesogénicos”, en donde se ha evidenciado que la práctica de estilos de vida sedentarios, con el subsecuente gasto energético reducido y consumo de alimentos altamente calóricos no nutritivos, además del limitado acceso a una alimentación saludable, sostenible y asequible son frecuentes en el entorno de la población afectada.

La obesidad tiene alto impacto en la salud individual, así como en los sistemas social y económico de los países. A nivel individual la obesidad reduce la esperanza de vida promedio. La evidencia indica que la obesidad en adultos de 40 años puede implicar una pérdida de entre 4 a 8 años menos de esperanza de vida. De igual manera, la obesidad reduce la calidad de vida al afectar aspectos físicos y psicosociales como la movilidad cotidiana, dolor corporal, el funcionamiento social, el bienestar mental general, la percepción general de salud, entre otros. Concomitantemente ocurre un aumento de costos dirigidos al tratamiento de la enfermedad, que merman la economía familiar.

A nivel social, la obesidad impacta los costos sanitarios de atención destinados a esta morbilidad, los cuales pueden oscilar entre 30% a 40% más, en comparación a población con peso saludable. De forma directa se incluyen el gasto en el diagnóstico y el tratamiento, además de las enfermedades comórbidas crónicas relacionadas, como las enfermedades cardiovasculares y la diabetes tipo 2. De manera indirecta, surgen de la pérdida de salarios debido a enfermedades, muerte prematura y mayores gastos por discapacidad. Así mismo impacta en la productividad laboral, al incrementar el ausentismo y presentismo laboral.
Ahora bien, ante esta pandemia de la obesidad, ¿Cómo podemos afrontar esta realidad global? La Organización Mundial de la Salud recomienda a nivel individual adoptar una serie de intervención preventivas:


A nivel social las soluciones deben ir dirigidas crear entornos y comunidades propicios que integren la alimentación saludable, convirtiendo los alimentos más sanos en una opción disponible, accesible y deseable, además de promover espacios físicos adecuado para realizar actividad física.
Actualmente, el Ministerio de Salud cuenta con una serie de estrategias dirigidas a abordar la obesidad en la población panameña desde la promoción, prevención y el tratamiento, además de políticas como el “Plan de Aceleración para Detener la Obesidad”, el cual aborda esta problemática intersectorialmente (educación, desarrollo social y deportes), con el fin de…
Detener el aumento de la obesidad y lograr un Panamá con salud y bienestar.






